QUEIROS3

QUEIROS3

LA PESCA

Se sacó la costra, vendó la pequeña llaga y salió apurado, ya era más de media noche. Los peces se acercaban a la playa antes de la madrugada. La larga caminata lo hizo sudar a pesar del frio. Cuando llegó, encontró a otros, escuálidas sombras que recogían a los varados en la arena. Casi tropieza con tres que jalaban una pesada canasta. Perdón… se disculpó y siguió su camino.

Buscó un lugar vacío. El agua estaba muy fría, pero se adentró hasta las rodillas. Preparó el anzuelo, la carnada y lanzó el cordel muy al fondo. Allí estaban los peces que quería.

Media hora… Una hora… Dos… Ya no había tantas nubes.

Una luna menguante difuminaba sus débiles rayos sobre el tranquilo mar, sobre las anchas arenas, y sobre los agudos roquedales que se dirigían tierra adentro. Aquí no llegaban las lluvias radiactivas. Decían que por la corriente de Humboldt.

Sintió al cordel agitarse. Algo había picado. Comenzó a jalar, notaba la resistencia al otro lado, soltó, jaló. Había que ser cauto, astuto. Los peces saben escapar, saben cómo romper la cuerda. Se detuvo. Ningún movimiento. De pronto sintió un gran jalón, le dio cuerda, poco a poco. Es uno grande, se dijo.

Oyó una voz en la lejanía, jala… jala… decía. A más de 100 metros creyó distinguir a dos sombras saliendo del mar, jalando una red: un chinchorro.

Recordaba… su primo Manuel había llegado de la ciudad, le había regalado ese equipo de pescar: unas cuantas cuerdas de nylon con una caja de anzuelos, y un chinchorro. Esa misma tarde se vinieron a la playa y sacaron varios pejerreyes, un par de corvinillas y hasta un lenguado. Fue un día alegre que escanciaron con un par de vinos caseros y muchas risas.

Pero Manuel ya no estaba en este mundo. Sintió un feroz jalón de la cuerda, sintió el corte en la palma de la mano, la tibia sangre, pero no el agudo dolor. Jaló, no se movía, tensó más la cuerda. Soltó.

La semana siguiente viajaron a Lima, era su primera visita, le maravillaron los inmensos edificios, los innumerables carros, las muchedumbres de gente, el bullicio de los mercados, la fiesta de fin de semana, la estridente música, aquella chica tan bonita, Lorena… Tampoco ella estaba ya.

Sintió un ligero movimiento en la cuerda, por instinto jalo con fuerza, cedió. Ya lo saqué de su pozo, se dijo, y comenzó a jalar más y más.

Estaban viendo un programa cómico en la televisión, cuando una noticia urgente lo interrumpió. Una reportera con una cara muy preocupada hablaba de una guerra, de unos misiles, de un barco hundido…

Siguió jalando la cuerda, un frio viento comenzó a soplar, tenía un olor ácido, como si tuviera lejia. La madrugada comenzaba.

¿Qué es Gaza?... y esa Ucrania, le preguntó a su primo Manuel… Son países que están muy lejos… están en guerra.

¿Por qué?

No lo sabemos. De repente vamos a tener que ir a vivir a tu casa… si la guerra nos llega.

Claro… vengan no más. Mi mamá, mi hermanita y yo los esperaremos.

Pero no vinieron, y ahora tampoco estaba su madre… ni su hermanita. Siguió jalando la cuerda, ya veía al pez chapotear entre las olas. Gruesas gotas de ¿sudor? bajaban por sus mejillas.

Era un lenguado, grande. Siguió jalando, con fuerza. El pez dejaba de luchar. Le arrancó el anzuelo. Lo echó en la arena. Creo que es suficiente, se dijo. Y se preparó para regresar.

El pez se retorció con inusitada fuerza y dio un salto formidable, hasta el borde de las lechosas olas. Reaccionó con rapidez y se abalanzó sobre él. Casi se me escapa, y lo metió a un costal.

En las ciudades se están matando… hay incendios, saqueos y muertos, oyó comentar a varios vecinos en el poblado. Tenemos que organizarnos, hay muchas bandas de saqueadores. Al tiempo llegaron militares, confiscaban todo lo que encontraban, disparaban a quien se oponía.

El amanecer lo cogió entre los escarpados caminos hacia su choza. Subía con dificultad, jalando el costal. A lo lejos se dibujaba la inmensa playa.

Recordaba, meses atrás, desde ese mismo lugar, cuando vio que una fila de carros y camiones transitaban por la carretera a gran velocidad. Un cielo celeste se perdía en el horizonte y algunas rojizas nubes se deslizaban a gran altura. El aire arrastraba un aroma a huevos podridos. Entonces oyó detonaciones, gritos lejanos, una pequeña muchedumbre atacaba a la fila de carros. Algunas explosiones, camiones incendiándose. Desde algún lugar apareció un helicóptero. Barría con metralla a los atacantes. Y de repente: un destello casi cegador viniendo desde el norte, un temblor, un estremecimiento atmosférico, un sordo ruido telúrico. Luego… silencio total.

Un terremoto ha destruido la capital, escucho decir, en el pueblo. No ha sido terremoto vecino… ha sido bomba… muy grande. Toda la ciudad se ha incendiado… está destruida.

Ahora el cielo siempre estaba naranja, casi rojizo… Llegaba, ya iba a dirigirse a su cabaña cuando escuchó ruidos. Se agazapó a tiempo, tres tipos aparecieron. También tenían llagas en sus rostros, muchos más que… Armados con machetes, revisaban el terreno. Sacó el cuchillo, lo apretó con fuerza y… oculto entre los arbustos, esperó…

VH

Diciembre del 2024

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