QUEIROS3
LA PESCA 2
La medianoche en el campo no es solo oscuridad; es un peso físico que aplasta el pecho. Ese silencio era el despertador que marcaba el inicio de su jornada. Se levantó de la cama de tablas crujientes, cuidando de no despertar a su madre y su hermanita. Tomó su lanza de madera y la red de nylon, una malla profesional que aún conservaba el brillo de lo que no pertenece a la miseria.
Al salir, el frío de la sierra baja le mordió la cara mientras bajaba por el "caminito". Tras tres kilómetros de lucha, sus pies tocaron finalmente la arena. La playa se extendía como una herida blanca bajo una luna pálida. El mar no era un azul idílico, sino una masa de obsidiana en movimiento, un gigante de acero que respiraba con soplos de sal y estruendo. El cielo, limpio de las luces de la civilización, era un manto de terciopelo negro salpicado de estrellas tan brillantes que parecían querer caer sobre las crestas de las olas.
Se adentró en el agua hasta las rodillas. Mientras esperaba el momento justo para lanzar la red, el frío le trajo un recuerdo cálido: la visita de su primo Manuel, quien llegó desde la capital con una camioneta que parecía un tanque de lujo. Él le regaló esa red de nylon para que dejara de "sufrir con hilos de coser".
Ese regalo vino acompañado de un viaje a la capital que jamás olvidaría. Se recordó a sí mismo en una esquina de la gran avenida, maravillado por los edificios de vidrio que tocaban las nubes y el tráfico incesante de miles de carros. Recordó la música vibrante de las fiestas de fin de semana y, sobre todo, a Lorena, una chica bonita de ojos claros que le sonrió en una discoteca. Por un momento, creyó que ese mundo de luces también podía ser suyo; pero el rugido de una ola rompiendo cerca de sus piernas lo devolvió a la realidad.
Tras tres horas de pesca, sintió un tirón violento. Logró arrastrar a la arena un lenguado enorme, una mancha plateada que brillaba como si hubiera capturado un trozo de luna. Era una victoria absoluta.
El regreso, ya con la luz del alba tiñendo el cielo de un gris cenizo, fue un calvario de esfuerzo. Mientras subía, se detuvo a descansar y miró hacia la carretera que serpenteaba a lo lejos, en el valle. De pronto, un recuerdo reciente lo asaltó, erizándole la piel: meses atrás, desde ese mismo punto, vio una fila de camiones y camionetas que viajaban a gran velocidad. De la nada, un grupo bien armado surgió de las sombras del cerro. Oyó detonaciones secas y vio cómo los vehículos estallaban en llamas. Un helicóptero apareció en el cielo, sumándose a la carnicería con el tableteo de una ametralladora que escupía fuego. Luego, un estremecimiento profundo sacudió la tierra —un temblor que le dolió en los dientes— seguido de una luz blanca e intensa hacia el norte. Y después, el silencio total. Un silencio que presagiaba que el mundo, tal como lo conocía, estaba cambiando para mal.
Ese presentimiento se hizo realidad al llegar a su casa. La puerta estaba abierta de par en par. Soltó el costal y el lenguado golpeó el suelo con un sonido seco. Al cruzar el umbral, el tiempo se detuvo.
Tres hombres estaban dentro. Uno de ellos, sentado en la única silla, jugueteaba con un cuchillo de monte mientras lo, arrinconado en una esquina. Los otros dos revolvían las pertenencias, tirando al suelo el maíz de la pequeña chacra.
—Vaya, el pescador ha vuelto —dijo el hombre de la silla, levantándose con una sonrisa gélida—. Esperamos que la pesca haya sido buena, porque hoy vamos a necesitar un tributo para seguir nuestro camino.
Miró a su red —el último vínculo con la generosidad de su primo—, y finalmente hacia afuera, donde el gran lenguado yacía en el polvo. La violencia que había visto en la carretera finalmente había llamado a su puerta.
Texto generado por una Inteligencia Artificial.
Marzo del 2026